Santa Cena: La Provisión De Gracia


Juan 21:9-17


¿Qué es gracia? Favor especial, ayuda sobrenatural, socorro, auxilio, apoyo, asistencia, bendición, regalo, misericordia, protección y amparo de Dios. Jesús está interesado en hacernos saber que esto que celebramos es la más infinita demostración de su gracia hacia nosotros, no es un juicio para hallarnos culpables y condenarnos, y tampoco es algo tan liviano para tomarla así no más.


Hay mensajes y avisos de parte de Dios que desnudan nuestra alma, y pareciera que nos dejan como si no hubiera esperanza; en ese estado de desnudez del alma la primer reacción es hacer declaraciones sobre nuestra situación que después no llegamos a cumplir, y esas declaraciones luego nos hacen sentir muy culpables cuando no podemos  sostenerlas.

Muchas veces Dios nos está declarando algo que sucederá con nosotros y no está pidiendo opinión al respecto, simplemente dice que eso pasará y nosotros salimos a argumentar de que eso no será así, a mí eso no me va a pasar nunca, pero no podremos cambiar algo que Dios ya anunció que nos pasaría y de lo que ya nos avisó antes. Jesús sabía de principio que íbamos a fallar y por eso proveyó la gracia. Cuando le fallamos al Señor pensamos que nunca más seremos dignos de participar de la provisión hecha en la cruz, su bendita gracia y nos aislamos.

Y allí aparece Satanás para decirte que cuando fallaste la primera vez Dios fue compasivo, pero después de ahí ya es por deporte, así que nos dice: “Yo que tú dejaría de orar, dejaría la adoración, la casa de bendición que abriste, o el liderazgo que tienes; yo que tú no hago más el papel de hipócrita”. Y te dice: “No vale la pena insistir, andas dos meses bien y después fallas otra vez”.


¿Qué hace el creyente? Le cree al diablo porque se siente muy culpable y le dice: “Creo que tienes razón, esto no tiene arreglo, soy un falso, así no vale la pena seguir”. ¿Por qué la gente deja de orar? Porque no se siente pura para poder orar. ¿Por qué deja de congregarse? Porque no se sienten puros para estar en la iglesia. ¿Por qué deja de ayunar? Porque no se siente santa para ayunar, o al revés, ayuna para ser santa. Eso es lo mismo a que un enfermo dijera: “me voy del hospital porque estoy muy enfermo para estar acá adentro”.

Salmo 24:3, 4- Si miramos estos  requisitos, ¿quién entraría en su presencia? Por eso la gracia fue provista para que podamos entrar, porque solo alcanzamos esos requisitos por su gracia (su sacrificio en la cruz), que nos permite ser  limpios y puros. Así nos ve Él ahora. Pero como no entendemos la gracia salvadora y limpiadora, lo que intentamos es conmover a Dios prometiendo hacer sacrificios de que haré o dejaré de hacer tal o cual cosa. Eso significa rechazar su provisión de gracia, y hacer todo por esfuerzo mío. La cantidad de oración no compra santidad, ni ningún sacrificio que hagamos compra poder ni unción de Dios. Así que en vez de acudir a la cruz de una, fabricamos por nuestro esfuerzo propio otra cruz y nos crucificamos allí para salvarnos a nosotros mismos.


Ahora, orar, servir a Dios, consagrarme, debería suceder como resultado de mi amor a Dios, y lo hago para demostrárselo, pero no para comprar nada que ya está ganado por Jesús. Pero hacer estas cosas por otro motivo que no sea el amor es como castigarse a sí mismo y pretender escuchar al Padre decir: “Castígate, sufre, me gusta que hagas eso, te lo mereces”. Pero Él sabe que más adelante volveremos a tropezar y al no entender entonces la gracia de Dios, no nos perdonamos al caer otra vez en la misma situación y por eso nos apartamos. Pero si asumiéramos todo lo que Dios dijo que nos iba a pasar mientras estemos en este cuerpo, con fallas y fracasos incluidos, lo único que nos quedaría sería el camino directo a la cruz y recibir el perdón tal y como Jesús lo ganó, sin tratar de explicar nada, porque mientras hacemos eso le estamos dando conversación y material al diablo para que nos mortifique con nuestros pecados y errores. Jesús quiere que corramos directo hacia él, hacia su gracia que el proveyó de antemano. Así que muchos creyentes después que les pasa esto no tienen valor para irse al mundo, pero tampoco se sienten limpios para seguir a Cristo como antes, así que lo siguen de lejos, entonces  parecen creyentes pero no son.

Algunos por consejo diabólico esperan llegar a ser santos para ser espirituales, y dicen: “Cuando esté mejor, cuando me sienta mejor”, pero eso jamás sucederá, porque la santidad no es un destino, es parte del camino. Y si no entiendes y aceptas esto, vas a tener un gran problema de salud mental, por causa de sentimientos de culpa, de indignidad y fracaso que sobrevendrán.

Pero para justificarse y no sentirse tan culpables algunos dicen: “Bueno, leo la Palabra, al menos me congrego, a Dios no lo dejé, vengo; y si me quiere tocar, acá estoy.”

Cuando Jesús te mira, no tiene una mirada de reproche, acusatoria, donde te reclama lo que hiciste o no hiciste; todo lo contrario, solo te recuerda con amor que te había dicho que sucedería todo eso y tú dijiste que no, para que la próxima vez guardes silencio.


Salmo 91: La gracia de Dios y sus promesas son para aquellos que habitan al abrigo del Altísimo, viven como hijos en la casa del Padre (se hayan portado excelente o hayan fallado), porque siguen siendo hijos, no son visitas en la casa, ellos habitan permanentemente. Pero la gracia y las promesas no son para los que son visitas; la visita no se siente como en casa. No puede hacer ni tener lo que tiene el hijo que habita la casa. Así que cuando vamos a orar (en la casa) y su presencia se manifiesta de verdad, sucederá que nos vamos a quebrantar, o estaremos quizá en silencio, o solo adoraremos. Porque allí nos será mostrado cuánto necesitamos cambiar aun; eso es lo que sucede si de verdad su presencia entró en mi cuarto o lugar de intimidad. Jesús viene para hablarnos como él nos considera, como él nos ve por gracia, pero encuentra que nosotros nos hemos salido de donde él nos puso porque no nos creímos dignos, porque le hemos fallado otra vez. Y la respuesta que le damos a Jesús es: “Ya no soy más del ministerio, esa Palabra que me traes tiene que ser para otro, no para mí”. Y Jesús te dice: “¿Quién te dio permiso para salirte y dejar de hacer lo que te mandé? Y, ¿quién te dijo que ya no eres discípulo?”


Cuando sentimos que ya no le agradamos a Dios decimos: “Ya no lucho más, no vale la pena”; y normalmente volvemos a hacer aquello que un día dijimos que nunca más haríamos, cosas que no llenan ni edifican, ni satisfacen. Entonces cuando estamos así, el Señor sale a buscarnos y seguro que él sabe dónde encontrarnos, igual que la primera vez. Y llevará comida porque sabe que la necesitamos: Juan 21:5, 9. Porque si nos salimos del camino para volver a hacer lo de antes, ya ni para pecadores servimos, porque vamos a pecar y lo vamos a hacer mal. Así que cuando Jesús te encuentra hará lo mismo que hizo contigo la primera vez, para que no te queden dudas de que él te ha llamado. Y en ese encuentro él toma la iniciativa, así que no hay primero un pedido de perdón, no hay oración ni ayuno de por medio; es por pura gracia. Porque su sola presencia provoca arrepentimiento. Quizás saldrá tu excusa: “Señor, te fallé muchas veces”. Jesús dice: “No importa, conozco tu corazón, y yo declaro otra vez mi amor por ti; te quiero bendecir porque ya lo determiné en la eternidad, aun sabiendo que fallarías, porque irrevocables son los dones y el llamamiento”. Jesús tampoco acepta los chismes de otros acerca de tus fallos y errores. Aunque tú te hayas quitado tu ropa de ungido a causa de verte indigno por los fracasos y errores, igual te va a restaurar y bendecir. Jesús te dirá: “¿Qué crees? ¿Que te voy a dejar así después de lo que me costaste en la cruz y de todo lo que he sembrado en ti todos estos años?”

Pero Jesús enseñó en el Padre nuestro, que primero viene la adoración, levantar Su nombre, pedir el reino, la voluntad de Dios; luego te invita a participar de la comida (el pan nuestro de cada día), y luego recién habla de perdonar deudas. Jesús viene a encontrarse con un Pedro que se sentía muy culpable por triple fracaso, ¿dónde? En la misma playa donde lo encontró la primera vez. Y fracasado por no poder cumplir lo que había declarado frente a todos; Jesús le dice lo que vemos en Juan 21:12. Primero participa de lo que te ha preparado (comida material que Jesús cocinó con amor paternal: hijitos- Juan 21:5). Y le dice: “Participa, come conmigo de la comida espiritual que te he preparado con el poder de mi muerte y resurrección, simbolizada aquí en la santa cena; y más tarde hablamos de las deudas” (fallas, fracasos). Pero nunca le dijo que no podía participar de la cena. Después de comer, Jesús no le preguntó qué sentía por haberle fallado, ni le acusó. Y lo único que sí le pregunta como a ti y a mí en esos momentos es: “¿Me amas?”

Muchas veces pensamos que cuando venimos a Jesús nos vamos a encontrar con un: “Te lo dije”, como reproche. Él no te va a refregar por la cara todo lo que hiciste o dejaste de hacer y por lo cual te sientes mal, ni te dice: ¿Cómo andas en tu ministerio? ¿Fracasado? ¿Pecando de nuevo?” Pero sí te dirá: “Hijo, ¿qué te sucedió?” Y diremos: “Señor, no te quise fallar…” Pero Jesús dice: “Silencio, ¿me amas? tú no naciste para pecar. Naciste para hacer milagros, sanar gente, liberar los cautivos; naciste para que tus manos sean fructíferas y para eso te di mi gracia, tómala. Y si esto no pasó antes en tu vida es porque te fuiste otra vez al inicio donde te encontré. Así que no hablemos más de fracasos y fallos, es tiempo de que me sirvas”.

Antes de participar de la próxima cena, ven ahora delante de él, diciéndole no las fallas que tuviste, sino respóndele  a la pregunta que le hizo a Pedro, porque te la está haciendo a ti ahora: “¿Me amas?” Contéstale: “Te amo; te sigo amando a pesar de haberte fallado”.


Pr. Jorge Rosanova