Propósito:  Crear conciencia de que delante de Dios somos responsables de cuidar del medio ambiente como parte de la creación.

 Texto Áureo: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”  (Génesis 1:26).

                                                      Introducción:

          El enfoque bíblico del problema del medio ambiente comienza por el planteo de una pregunta básica:  ¿a quien pertenece la tierra? En apariencia es elemental.  Pues ¿qué hemos de responder?  La primera respuesta es directa.  La hallamos en el Salmo 24:1: “De Jehová es la tierra y su plenitud”.  Dios es su Creador y, por lo tanto, por derecho de creación es también dueño.  Pero ésta es una respuesta parcial.  Observemos el Salmo 115:16: “Los cielos son los cielos de Jehová, y ha dado la tierra a los hijos de los hombres”.   De modo que la respuesta bíblica equilibrada es que la tierra pertenece a Dios y al ser humano: a Dios porque Él la creó y a nosotros porque Él nos la dio.  Naturalmente, no es que nos la haya cedido tan completamente como para no retener ningún derecho ni control sobre ella,  sino que nos la ha entregado para gobernarla en su nombre.  Por consiguiente, nuestra tenencia de la tierra es arriendo; no somos propietarios absolutos.  Nosotros somos arrendatarios; Dios mismo continúa siendo el propietario, el Señor de la tierra. 

          Esta doble verdad (que la tierra es de Él y nuestra) se expone en mayor detalle en Génesis 1 y 2.  Haciendo referencia a estos capítulos y a otras porciones de la Escritura, estudiaremos las siguientes tres afirmaciones:  Dios dio al  ser humano dominio sobre la tierra,  nuestro dominio es un dominio cooperativo, y  nuestro dominio es delegado y por lo tanto responsable.

I.                  Dios Dio Al Ser Humano Dominio Sobre La Tierra – Gén. 1:26

 Desde el principio los seres humanos fuimos dotados con una doble unicidad:  Tenemos la imagen de Dios (que comprende cualidades racionales, morales y espirituales que hacen posible nuestro conocimiento de Él) y ejercemos dominio sobre la tierra y sus criaturas.

     Dios estableció un orden, una jerarquía, en la creación.  Colocó al ser humano a mitad de camino entre Él mismo como Creador y el resto de la creación, animada e inanimada.  En ciertos aspectos somos uno con el resto de la Creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura.  En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio.  Biológicamente, somos semejantes a los animales.  Por ejemplo, respiramos como ellos (un ser viviente – Gn. 1:21, 24 y 2.7), comemos como ellos (vs. 29 y 30) y nos reproducimos como ellos (fructificaos y multiplicaos – vs. 22 y 28).  Pero además gozamos de un nivel superior de existencia en el cual somos diferentes de los animales y semejantes a Dios:  Somos capaces de pensar, elegir, crear, amar, orar y ejercer dominio.  Así es nuestra relación intermedia entre Dios y la naturaleza, entre el Creador y el resto de su creación.  Conjugamos la dependencia de Dios con el dominio en la tierra.

     En términos generales, el ser humano ha obedecido el mandato de Dios de llenar la Tierra y sojuzgarla.  Al principio progresó lentamente, al pasar paulatinamente de la recolección de frutos a la agricultura.  Aprendió a labrar la tierra, a proteger las áreas cultivadas de los animales merodeadores, y a aprovechar los frutos de la tierra en la alimentación, el abrigo y la vivienda para él y su familia.  Luego, el ser humano aprendió a domesticar animales y a emplearlos a su servicio para aligerar sus tareas y también para disfrutar de ellos.  Más adelante aprendió los secretos del poder que Dios había encerrado en el mundo creado;  en el fuego, luego en el agua y el vapor, en el carbón, en el gas y el petróleo, y recientemente en el uranio, el átomo y la poderosa plaqueta de cilicio, etc., etc.

     En todo esto, en la investigación, el descubrimiento y la invención; en biología, química, física y otros campos.  Y en todos los triunfos de la tecnología, el ser humano ha obedecido a Dios y ejercido el dominio que recibió de Él.  En su progresivo control de la tierra, el ser humano no ha invadido la esfera privada de Dios para arrebatarle el poder; ni mucho menos ha creído llenar los espacios en los cuales Dios se solía esconder, de manera de poder ahora prescindir de Él.  Sería necio llegar a estas conclusiones.   Quizás el ser humano no lo haya sabido ni lo haya reconocido humildemente, pero en toda su investigación e ingenio, lejos de usurpar las prerrogativas o el poder de Dios, ha ejercido el poder que Dios le dio.  El desarrollo de herramientas y tecnologías, el cultivo de la tierra, las excavaciones en busca de minerales, la extracción de combustibles, las represas hidroeléctricas, el aprovechamiento de la energía atómica, son todos casos de cumplimiento del mandato prístino de Dios.  Dios ha provisto en la tierra todo los recursos de alimentos, agua, vestimentas, abrigo, energía y calor que necesitamos, y Él nos ha dado dominio sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.

 II.               Nuestro Dominio Es Un Dominio Cooperativo

    Al ejercer nuestro dominio recibido de Dios, no creamos los procesos de la naturaleza, sino que cooperamos con ellos.  Se desprende claramente de Génesis 1 que la tierra fue creada fértil antes de que el ser humano recibiera el mandato de llenarla y sojuzgarla.  Es cierto que podemos hacerla más fructífera.  La limpiamos, aramos, regamos y abonamos el suelo.  Colocamos plantas bajo vidrio para aprovechar mejor el sol.  Podemos hacer manejos de suelo con rotación de cultivos.  Podemos mejorar el ganado mediante la cría selectiva.  Podemos obtener cereales híbridos con muy buenos rendimientos.  Podemos mecanizar la cosecha y la trilla con la utilización de la segadora trilladora.  Pero en todas estas actividades simplemente estamos cooperando con las leyes de fertilidad que Dios ya había establecido.  Es más, el penoso trabajo que el ser humano experimenta en la agricultura, por causa de la maldición de Dios sobre la tierra (Gn. 3:17), sólo modifica pero no anula su constante cuidado del suelo con la bendición de Dios (Salmo 65:9ss).

Por cierto, Dios se ha humillado para necesitar nuestra cooperación (a saber, para sojuzgar la tierra y labrar el suelo).  Pero también nosotros debemos humillarnos y reconocer que nuestro dominio de la naturaleza sería completamente infructuoso si Dios al crearla no hubiera dado fertilidad a la tierra, y si no continuara dando el crecimiento.

Esta combinación de naturaleza y cultura, de impotencia y capacidad humanas, de recursos y labor, de fe y trabajo, echa luz sobre la nueva moda de declarar que el hombre ha “alcanzado la mayoría de edad” y que (en su flamante adultez) puede prescindir de Dios.  Lo cierto es que la humanidad ha alcanzado la adultez en lo tecnológico.  Ha desarrollado una extraordinaria destreza en el dominio, control y uso de la naturaleza.  En este sentido es un señor, de acuerdo con el propósito de Dios y su mandato.  Pero también es un niño en su dependencia última de la providencia paterna de Dios quien le da la luz del sol, la lluvia y las estaciones fructíferas del año.  E.F. Schumacher cita a Tom Dales y Vernon Gill Carter al respecto:  “El hombre, sea civilizado o salvaje, es una criatura de la naturaleza (no es el señor de la naturaleza).  Debe conformar sus acciones dentro de ciertas leyes naturales si es que se desea mantener su dominio sobre el medio ambiente.”

 III.           Nuestro Dominio Es Delegado Y Por Lo Tanto Responsable

 El dominio que ejercemos sobre la tierra no nos pertenece por derecho, sino sólo por favor.  La tierra nos pertenece no por que la hayamos creado ni por que seamos sus propietarios, sino por que su Creador nos ha confiado su cuidado.

Esto tiene importantes consecuencias.  Si pensamos en la tierra como un reino, entonces no somos reyes que gobiernan sobre su propio territorio, sino virreyes que gobiernan en nombre del rey, pues el rey no ha abdicado al trono.  O si compramos la tierra como una finca, en ese caso no seriamos los terratenientes, sino los administradores que la trabajan en nombre del dueño.  Dios nos hace “cuidadores” (en el sentido más literal de la palabra) de su propiedad.

La permanente propiedad y atenta supervisión de la tierra (de hecho de todo el universo) por parte de Dios se afirma con frecuencia en las escrituras.  Ya hemos considerado la declaración del Salmo 24:1 en el sentido de que de Jehová es la tierra.  Esto incluye a todos los seres vivientes que la habitan:  “porque mía es toda bestia del bosque.  Y los millares de animales en los collados.  Conozco a todas las aves de los montes, y todo lo que se mueve en los campos me pertenece” (Salmo 50:10,11).  En el Sermón del Monte Jesús extiende el dominio divino aún más:  Desde la mayor criatura hasta la más pequeña.  Por un lado, Dios hace salir su sol (le pertenece) y, por el otro, da de comer a las aves y viste a los lirios y hiervas del campo.  (Mateo 5:45; 6:26, 28, 30).  Sustenta, pues, a toda su creación; al encomendárnosla a nosotros, no ha renunciado a su responsabilidad por ella.

Esta debe ser la razón por la cual ni siquiera Canaán la tierra de Israel, no pertenecía a Israel.  Ciertamente era la tierra prometida, pues Dios había prometido dársela a los descendientes de Abraham, y en efecto eso hizo.  Sin embargo, los individuos poseían la tierra sólo en representación de su tribu.  Nadie podía transferir la tierra fuera de la tribu (Nm. 36:5ss), ni venderla a nadie a perpetuidad.  Cada cincuenta años, en el año de jubileo, toda la tierra debía represar a su dueño original.  Dios enseñó así que la tierra aún le pertenecía, que ningún ser humano tenía derecho absoluto de propiedad.  Por cierto, se reconocían los derechos de propiedad, ya que no sólo el robo sino también la codicia estaban prohibidos por ley.  No obstante los propietarios debían recordar dos verdades.  En primer lugar sólo eran residentes transitorios:  La tierra no se venderá a perpetuidad, por que la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo” (Levítico 25:23).

En segundo lugar no debían conservar todo el fruto de la tierra para sí mismos sino también proveer a su prójimo necesitado.

     Por otro lado, el dominio que nos ha sido delegado conlleva una responsabilidad, y es la de hacer buen uso de los recursos naturales que nos ofrece la creación.  Todos sabemos que por causa de la desobediencia del ser humano la tierra quedó bajo maldición (Gn. 3:17).  Nosotros mismos hemos estado contribuyendo a la contaminación ambiental y al deterioro de los recursos naturales.  De acuerdo con Romanos 8:22 la creación esta gimiendo, esperando ser liberada.  Tú y yo podemos contribuir en cierta manera en ese proceso de liberación haciendo buen uso y preservando los recursos naturales que todavía nos quedan.

Conclusión:

           Por lo tanto, si el dominio de la tierra nos ha sido delegado por Dios, con miras a que cooperemos con Él y compartamos sus frutos con los demás, somos responsables delante de Él por nuestra mayordomía.  No tenemos derecho a hacer lo que queramos con el medio ambiente natural; no es nuestro para que lo tratemos a nuestro antojo.  “Dominio” no es sinónimo de “Destrucción”.  Ya que ha sido puesto a nuestro cargo, debemos administrarlo responsable y productivamente por nuestro propio bien y el de las generaciones subsiguientes.