El deber del Siervo


El deber del Siervo

 Mensaje dado en el día del Señor en la mañana de

Octubre 19 del 2008

En la Congregación Hispana de Ladysmith

Por Eduardo Negrón – Pastor

 7¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? 8¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? 9¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. 10Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.

Lucas 17:7-10

    En el tiempo que nos ha tocado vivir nadie tolera la palabra siervo.   Lo ve como algo bajo e indigno.   Aun dentro de la iglesia usamos ese término erróneamente.   Nos llamamos siervos, pero nuestras actitudes y acciones demuestran que estamos lejos del verdadero significado de lo que es un siervo.   Encontramos muy espiritual el término, y en ocasiones hasta nos enorgullece cuando nos llaman siervo.   La realidad es que estamos muy lejos de la verdadera realidad.   Cuando la Biblia habla de siervos lo hace teniendo en cuenta el verdadero significado de la palabra.  

    Pudiéramos decir que la palabra siervo es un disfraz para la palabra esclavo.   Claro está que esa palabra es despreciable, de muy poca estima y en algunos casos llega a ser ofensiva.   La realidad es que los que hemos sido llamados por el Señor somos sus siervos o sus esclavos.   No importa cual palabra usemos siempre terminaremos con la misma, esclavo (1 Co.7:22). 

    Para poder entender realmente cual era la posición de un siervo debemos transportarnos al tiempo de Jesús.   No debemos pensar que cuando Jesús dijo lo que dijo en los versos arriba mencionados lo hizo pensando en el año 2008.   No, él lo dijo pensando en el siervo de sus tiempos.   Las palabras de Dios son incambiables, lo que él dijo dos mil años atrás siguen estando vigentes y con el mismo significado hoy, pero en el momento que las dijo fue en el tiempo en que él estuvo en la tierra.    Mt.24:35 nos dice: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.    Esto es una verdad absoluta y debemos entenderlo así.   Las palabras de Dios son eternas como él es eterno. 

    Cuando Jesús hablaba de nosotros como siervos lo hacía teniendo en mente todo el significado de la palabra siervo.    A medida que vallamos viendo el desarrollo de esta parábola nos daremos cuenta que esto es así y que no nos da otra alternativa, sino el recibirlas exactamente como él las dijo y como él las expresó, sin quitarle nada a su definición.

    En el tiempo de Jesús un siervo era un esclavo.   El esclavo estaba carente de voluntad, no porque no la tuviera, sino porque la tenía sometida a su amo.    No le quedaba otro remedio sino el de obedecer.   No había compasión, cuidado o complacencias, sino solo para su amo.  Ser siervo en el tiempo de Jesús era una condición penosa y triste.   Jesús sabía que eso era así y pensando en eso es que él pronuncia las palabras que nos sirven hoy como guía en nuestra disertación de esta mañana.   

   Sabemos que en Jesús tenemos el mejor ejemplo.   Él nunca enseñó nada que no estuviera dispuesto a hacer.   Sus palabras siempre estaban respaldadas por sus acciones.   Cuando él habla del deber del siervo sabemos que él mismo era siervo de Dios.    Versos como “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”(Jn.6:38), “...porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Jn.5:30) nos dejan ver que lo que él pueda exigirnos no es imposible de cumplir porque ya él lo hizo.

    En esos versos vemos claramente la función del siervo con respecto a su amo.   El trabajo primordial del siervo es obedecer a su amo.   Jesús es el siervo por excelencia.   Tal fue su obediencia a su Amo el Padre que estando en Getsemaní su voluntad trató de oponerse, y no fue sino por medio de la oración ardua que logró someterla hasta llevarla a la sumisión.   Hebreos 5:8 nos dice que lo que padeció lo llevó a lograr la obediencia total.  

    Hay una gran diferencia entre el siervo en los tiempos de Jesús y nosotros como siervos.     Esa diferencia se ve marcada en forma poderosa en la vida de Jesús.    Nuestra servidumbre es como era la de Jesús.  El siervo para el tiempo de Jesús no tenía para escoger.   Era siervo y su obligación era obedecer.   En el caso de Jesús su obediencia era voluntaria.   Él podía escoger si obedecía al Padre o no.   Estando en Getsemaní él pudo haber sido librado con solo clamar al Padre por doce legiones de ángeles (Mt.26:53), pero escogió el camino del sufrimiento antes que quebrantar la voluntad del Padre.   Jesús escogió hacer la voluntad del Padre por encima de la de él sabiendo que la voluntad del Padre es perfecta. 

    De igual forma estamos nosotros llamados a obedecer, no por fuerza u obligación, sino voluntariamente.   Estamos llamados a doblegar el yo para dar paso a la voluntad de Dios en nuestras vidas.   De esto es que se trata esta enseñanza de hoy.   Debemos disponernos a doblegar la voluntad si queremos ver a Dios obrando en nuestras vidas.    Esto es un acto voluntario y así es como Dios únicamente lo recibiría, voluntariamente.  

    En esta disertación estaremos viendo cuatro puntos importantes.   En primer lugar estaremos viendo “La Exigencia del Amo”.   En segundo lugar estaremos viendo “La respuesta del Siervo”.   En tercer lugar estaremos viendo “Nosotros como esos Siervos”.   Y finalmente estaremos viendo “El ganado del Amo”.

   Pasemos a nuestro primer tema.

 I)                  La Exigencia del Amo

    Jesús inicia esta sección con tres preguntas.  La primera es “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa?   Encontramos a Jesús dejándole saber a los discípulos que él tiene conocimiento de cómo funciona el asunto de los siervos y sus amos.   Para hacerles entender mejor les habla poniéndolos a ellos mismos como ejemplo.   Es por eso que inicia diciendo ¿Quién de vosotros?  Ningún amo haría eso y Jesús lo hace ver claramente.    Los siervos estaban para servir al amo y siendo que el amo sabía esto entendía que no le tenía que decir “Pasa, siéntate a la mesa”.    Hacer eso seria algo ridículo e inesperado.   Por otro lado el siervo también sabía que nunca oiría esas palabras de parte de su amo.    Por lo tanto ya él estaba preparado sabiendo que al llegar a la casa su trabajo no terminaba.   

      La segunda pregunta que Jesús hace al hablarles es “¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú?”    Notemos que el amo no está haciendo algo que no era correcto, por el contrario, estaba haciendo lo que era correcto hacer en su posición de amo.    La exigencia del amo era legítima y cargada de toda validez.   El siervo sabía que esto era así y por esa razón no protesta ni se queja.   Su deber es servir al amo y lo hace con esmero y puntualidad.   Notemos el énfasis que Jesús hace en esta pregunta.   Él dice: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú.    Ahora soy yo el que hace una pregunta.   Si somos nosotros los empleados y llegamos a la casa y el patrono nos llama diciéndonos que retornemos al trabajo ¿cuál sería nuestra respuesta?    Posiblemente podríamos decir que no somos esclavos, que mi hora de trabajo terminó, etc.    Todo eso es correcto en el mundo que vivimos, pero ¿será correcto en el reino de Dios?   Si somos siervos de Dios, como decimos que somos, ¿tendremos también el derecho a quejarnos y decir que no?    Cuando el servicio del lunes en la noche llega ¿tendré derecho a decir “estoy cansado?”   Pienso que estamos bien lejos de ser los siervos que Dios espera.

    Queremos que nos tengan pena y compasión, pero no vemos que Jesús, al narrar este suceso, no está teniendo ninguna compasión para con este siervo.    En el mundo en que vivimos hoy queremos siempre dos cosas. 1. Que nos estén dando las gracias por lo más mínimo que hacemos.   Nos ofendemos si no agradecen lo que hacemos. 2. Vivimos para que nos tengan pena o lástima.   No vamos a la iglesia porque tuvimos un día duro en el trabajo y nos merecemos un buen descanso.     Así ponemos toda clase de excusas para no hacer lo que deberíamos hacer en el reino de Dios.   Lo que no logramos entender es que en el aspecto de la comunión íntima con Jesús no existe excusa alguna.    Las palabras del Amo siempre serán las mismas: “Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido;”    No esperemos que Jesús tenga misericordia de nuestro cansancio o arduo trabajo porque no la va ha tener.    Él demanda ministración a él y no espera menos de nosotros.

    La tercera pregunta que hace es “¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado?    Amados, debemos entender que es Jesús el que está hablando aquí.   Él dice que no se le da las gracias al siervo.   Enfatizo nuevamente ¿Por qué exigimos, y en algunos casos demandamos que se nos den las gracias?    Cuando hacemos algo y no nos dan las gracias decimos que esa persona es una malagradecida.    Eso deja ver lo que pensamos de Jesús, pues él tampoco nos da las gracias por lo que hacemos para o por él.    Notemos que ese verso nueve termina diciendo “pienso que no”.   No hay que dar las gracias por que las gracias solo se dan cuando se hace algo de más.    

    El amo siempre será exigente para con su siervo y de igual forma lo será Jesús con nosotros, si es que realmente somos sus siervos.   Pienso que esto nos llevará a meditar un poco en el asunto de ser siervos de Jesús.  

    Miremos ahora nuestro segundo punto.

 II)               La respuesta del siervo

    Es interesante ver a Jesús haciendo un relato de esta naturaleza.    En este punto muchos ya estarían ofendidos, pero así era Jesús, directo.    La respuesta del siervo a las exigencias de su amo fue solo una, hacer lo que se le mandó a hacer.    No había oportunidad de quejidos, ni de lloriqueos, ni menos aun de caras largas.    Su deber como siervo era responder sin decir nada.   ¿Nos pareceremos mucho a ese siervo?    Muchas veces nos escondemos detrás de la frase “yo obedezco o me someto al Señor, no al pastor”    No hemos comprendido lo dicho en 1 Jn.4:20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?   Si alguno dice “yo obedezco a Jesús, pero no al pastor, es mentiroso.   Pues el que no obedece a su pastor ha quien ve, ¿cómo obedecerá a Jesús a quien no ve?   Por otro lado la Biblia nos exhorta a obedecer y sujetarnos a nuestros pastores (He.13:17).    

    Nuestro sometimiento a Jesús se deja ver en nuestro sometimiento a nuestros superiores.    Hoy en día hay un gran problema de sometimiento.   Es por eso que hay tanto éxodo de las iglesias.    Los hermanos viven brincando de iglesia en iglesia por falta de sometimiento.   Quieren que las cosas se hagan como a ellos les gusta o como ellos quieren.    El siervo de nuestro relato no se quejaba.    ¿A quien le gusta, luego de llegar cansado del trabajo, que le digan “¿Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú?”    Son palabras fuertes, pero son palabras dichas por Jesús.   El siervo sabía cual era su deber, por esa causa no vemos que se queje, murmure, monte cara, etc.   Él simplemente obedece.   ¡Cuántos siervos de esa clase hacen falta hoy día!   Mi oración a Dios es que yo pueda ser un siervo de esa clase para mi Señor. 

    La Biblia nos dice en Ro.6:16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?    Permítanme añadir el comentario de Christopher Shaw a este verso. (“La libertad que nos ha sido dada no es la libertad incondicional, sino el haber sido libertados de los caprichos y deseos de nuestro antiguo amo. Ahora, un nuevo amo -Cristo Jesús- nos ha comprado y le debemos a él el mismo servicio que le debíamos a nuestro anterior amo. Es decir, hemos pasado de un estado de esclavitud a otro. No es nuestra condición la que ha cambiado sino el amo a quien servimos. Es interesante notar, además, que Pablo podría haber declarado que ahora somos esclavos de Cristo, cosa que es verdad. Mas el apóstol escogió decir que somos esclavos de la obediencia. En otras palabras, hemos sido introducidos en un estilo de vida donde la Palabra de Dios se constituye en las instrucciones que guían nuestro diario vivir.”)

   Debemos aprender más de este siervo, cual debe ser nuestra actitud ante las exigencias del Señor.   Debemos alejarnos de las quejas y las murmuraciones.   También debemos alejarnos de las complacencias, pues estas nos estorban para complacer a nuestro Amo y Señor.   La característica mayor y primordial de un siervo es la obediencia.   Jesús nos llama a obedecer, ¿cuánto estoy dispuesto a dejar para obedecerle a él?

   Miremos ahora nuestro tercer punto.

 III)            Nosotros como ese Siervo

     Cada uno de nosotros, los que hemos recibido a Cristo como Salvador, hemos venido a ser hijos de Dios (Jn.1:12).   Al igual que Jesús, quien es el unigénito y el primogénito Hijo de Dios, nosotros además de ser hijos somos siervos.    Es por eso que encontramos en la Biblia que se nos llama siervo de Dios (1 Ped.2:16), siervo de Cristo (Ef.6:6).   También la Biblia nos dice que somos siervos los unos de los otros (2 Cor.4:5).   Jesús hizo uso de muchas parábolas donde presentaba al hombre como siervo, dando a entender que esa era nuestra posición.     El trabajo primordial del siervo es servir.   Jesús dijo a sus discípulo que si alguno quería ser grande en Su reino debía ser el servidor, o el siervo de todos (Mt.20:26, Mr.9:35).  

    Hablando de ser siervos o servidores de Jesús, encontramos en Jn.12:26 algo sumamente interesante.   El verso dice: Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.  En este verso encontramos dos cosas importantes para todo aquel que quiera ser un verdadero siervo de Jesús.   La invitación de Jesús es a seguirle.    El siervo sigue al amo, no el amo al siervo.   Hoy día hay muchos siervos “dirigiendo al Amo”, cuando debería ser al contrario.    Es claro que nadie dirige a Jesús, pero ellos piensan que lo están haciendo.   Jesús lo dice claramente: Si alguno me sirve, sígame.   ¿Queremos ser verdaderos siervos de Jesús? debemos seguirle a él.   Luego añade: y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.    Muchas veces estamos donde no está nuestro Amo.    Confesamos que él está presente creyendo que esa confesión lo va hacer presentarse, pero se nos olvida que nosotros no somos los que dirigimos, sino los que obedecemos.   Él dice: “donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.

    La iglesia está confundida queriendo dirigir cuando es Jesús el que dirige.   Esto se da tanto en la predicación como en las enseñanzas.    El predicador está llamado a presentarse ante el Amo para que él le diga que alimento debe llevar a Sus ovejas.   De esa forma las ovejas serán alimentadas con comida sólida y balanceada que viene directamente del Amo.    Pero hoy día confesamos que él está en todo lo que se nos antoja hacer a nuestro capricho, sin darnos cuenta que estamos solos porque él está en otro lugar.

    En esta historia encontramos al siervo trabajando en el campo.    En Mt.13:38, Jesús explicando una parábola, nos dice que el mundo es el campo.   Podemos decir que el mundo es nuestro trabajo secular.    Cada uno de nosotros salimos a trabajar a ese campo, sea cual sea nuestra ocupación.   Trabajamos duro y nos cansamos.   Estamos deseosos de llegar a la casa para “poder descansar”.    Es lunes y sabemos que hay oración a las 7:30pm, pero estoy agotado.    El siervo que Jesús nos muestra en la historia no tiene opción de decir estoy cansado, el otro lunes voy.    Simplemente tiene que ceñirse y hacer el trabajo que tiene por delante.  La palabra ceñirse significa: Rodear, ajustar o apretar la cintura, el cuerpo, el vestido u otra cosa.    En otras palabras es dejar de quejarnos, justificarnos, o excusarnos.   Jesús demanda de nosotros acción, no quejidos o lamentos.   Somos demasiados débiles para ser siervos de Jesús, esto es asunto de verdaderos hombres (genero humano).   ¿Eres aventurero? atrévete a avanzar haciendo lo que nuestro Amo Jesús nos manda a hacer sin quejarnos, murmurar o poner excusas.   Jesús dijo en Mt.11:12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.   Hay que ser violento a la manera de Jesús para poder ser un verdadero siervo de él.    No todo el mundo puede llevar esos pantalones, solo unos pocos.    Es por eso que también dijo: porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mt.7:14).   Lo repito una vez más, esto es negocio de valientes, de atrevidos. 

    De igual forma ocurre con el estudio bíblico de los miércoles, ponemos excusas y más excusas.   Las excusas solo satisfacen a los que la dan.   Hay circunstancias reales que no nos permiten llegar, pero la gran mayoría son solo excusas.    Estoy cansado, yo me merezco un descanso; hoy no voy a ir, después de todo yo nunca falto; familiares vinieron, voy a ir a otro lugar, etc.   Hay algunos que se atreven ir más lejos diciendo: el Señor entiende que estoy cansado, él sabe cuanto trabajé hoy.    Les tengo noticias, lo único que el Señor entiende es que pudiendo estar no estuvisteis, pudiendo hacer no hicisteis, pudiendo actuar no actuasteis.

    Llevemos esto un poco más profundo.  Cuando Jesús dice: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú, está hablando en serio, está hablando de comunión íntima con él.   La comunión íntima con el Señor no es únicamente para los que están en liderazgo, es para cada uno de nosotros, para cada uno de sus siervos si es que en realidad somos Sus siervos.   En el tópico final estaremos viendo al ganado, pero por ahora miraremos al pastor y a los líderes.  

   Voy a hablar ahora del pastor y los líderes como si fueran uno solo, pues ambos están en liderazgo y tienen responsabilidades para con el rebaño.   Unos de una forma y otros de otras, pero lo central es que están en liderazgo.

              Miremos varios versos relacionados a comunión íntima para luego entrar en el tema.  En Prov.3:32 dice: Porque Jehová abomina al perverso; Mas su comunión íntima es con los justos.   Luego encontramos en Sal.25:14: La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, Y a ellos hará conocer su pacto.  Estos son dos de muchos otros pasajes que nos hablan de la comunión íntima con Dios. 

              Lo que Jesús persigue con el siervo es que tenga comunión íntima con él.   Esto debe ser motivo de gozo para el siervo.   Es por eso que Jesús dice: ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no.   No, Jesús no tiene que darnos las gracias porque pasamos un tiempo de intimidad con él, somos nosotros los que debemos estar enteramente agradecidos que pudimos pasar tiempo con el Dios soberano, con nuestro amado Jesús. 

      Esta comunión íntima es lo que Jesús más valora.   Sí, hacer obras para él es bueno, pero por encima de esas obras está la comunión íntima con él.   En Ap.2:1-7 encontramos esto bien definido.   La iglesia de Efeso estaba llena de obras, y por decirlo así, muy buenas obras.    Jesús conocía muy bien todo lo que esta iglesia hacia por amor a Su nombre.   Tenían pasión en lo que hacían para Jesús.    Obras que cuando las analizamos vemos que verdaderamente esta iglesia estaba entregada a Jesús.   Sin embargo encontramos a Jesús diciéndoles que tiene algo contra ellos.    ¿Cómo es posible que Jesús pueda tener algo contra una iglesia que pudiéramos decir es perfecta?   Jesús les dice: Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Ap.2:4).   El primer amor es la comunión íntima con Jesús, es el llegar del trabajo, y aun cuando estamos cansados y agotados nos ceñimos para servirle a nuestro Señor.    Es saber parar los quehaceres de la casa para sentarnos a los pies de Jesús.   Eso es el primer amor.    Nada se interpone en esa comunión, no el trabajo, no los quehaceres cotidianos, no el cansancio, no, no, no.   No importa lo que estemos haciendo tenemos tiempo para servirle, y servirle diariamente.  

     La iglesia de Efesio, como vimos en Ap.2:2-3 tenía muchas obras, y todas buenas, muy buenas, pero habían descuidad la más importante de todas, la ministración al Dueño de la Finca, a Jesús.    El reclamo de Jesús a la iglesia de Efeso fue: haz dejado las primeras obras (Ap.2:5).   Eso nos deja ver que hay obras y hay primeras obras.   Las primeras obras son la intimidad con Jesús, mientras que las obras son todo lo que podamos hacer por él.   Las primeras obras es lo que le damos a él, mientras que las obras es lo que hacemos por él.   Hay una gran diferencia.   Pensemos: “Las obras nunca nos llevaran a las primeras obras, pero las primeras obras siempre nos llevarán a las obras”. 

     Esto es una realidad incambiable.    El llamado a la iglesia de Efeso fue al arrepentimiento.    Así de importante es este asunto para Cristo.    No sirve lo que podamos hacer por él si no hemos pasado tiempo íntimo en su presencia.     Jesús le dijo a Marta: María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada (Lc.10:42).   Y más interesante es que antes de decir eso Jesús dijo: Pero sólo una cosa es necesaria.  Para Jesús lo verdaderamente importante es que estemos a sus pies.    No que limpiar la casa no sea importante, sino que lo más importante es el tiempo con él.

Miremos otro aspecto de: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú.   Notemos que el siervo llega a preparar la cena, luego debe ceñirse para entonces servir al amo HASTA que él haya comido y bebido.    Nos podemos preguntar: ¿qué está haciendo el siervo mientras el amo come?   Una cosa es segura, no se puede mover del lado del amo.    Esto lo deducimos por el “hasta” mencionado por Jesús.    El siervo debe esperar en su posición hasta que el amo se halla satisfizo.   Si el amo quiere más comida o más bebida el siervo debe estar presente listo para satisfacer la demanda del amo.    Siendo que este siervo es el que trabaja en la finca del amo apacentando el ganado y labrando la tierra pienso que es en ese momento, en que el siervo le está sirviendo al amo, que conversan todo lo relacionado al campo de trabajo.    El siervo le puede informar del estado del ganado o la condición de la siembre, etc.   Es ahí donde el siervo recibe directrices directamente de su amo para continuar llevando a cabo la labor de la finca.   El amo es el responsable de dar las direcciones, el siervo es responsable de ejecutarlas a la más exactitud posible.

Nosotros como líderes tenemos una gran responsabilidad con aquellos hermanos que nos han tocado dirigir.   Pero mayor responsabilidad tenemos con el dueño de la obra, con Jesús.   ¿Cómo podremos dirigir nuestra escuela dominical, grupo de adoración, predicación, etc. si no pasamos tiempo con el dueño de la obra?     El llamado es primordialmente para nosotros los líderes.    Es en ese tiempo íntimo que él nos puede hablar y darnos instrucciones para corregir lo dañado, para ayudar lo debilitado, para apoyar lo que está marchado bien, etc.  

     En la lectura que vimos de Ap.2:1-7 vimos que las obras pueden llegar a opacar las primeras obras.   No es que vamos a dejar de hacer lo que debemos hacer, sino que lo que debemos hacer no nos tome el tiempo de intimidad con Dios.   Llegamos a la casa extremadamente cansados que no tenemos ánimo ni deseo de ir a la iglesia.   Nos envolvemos en tanto trabajo en las cosas del Señor que no nos quedan fuerzas para estar con el Señor.    Cuando llegamos a la casa lo único que hacemos es cabecear mientras tratamos de orar o leer la Biblia.   Señal de un gran cansancio.    Pensamos: “estuve laborando todo el día, Dio me entiende”.   O podemos decirnos a nosotros mismos: “Vengo de hacer visitaciones, de dar estudios bíblicos, de hacer la obra de Dios, estoy trabajando para el Señor y eso es lo que importa”.   La verdad es que lo que a Jesús le importa es que estemos a sus pies.   María ha tomado la mejor parte”.   Si estamos muy cansados para venir a la iglesia o para pasar tiempo a solas con Jesús es porque le estamos dando demasiado tiempo a las obras.    En el trabajo secular le estamos dando toda nuestra energía y esfuerzo al mundo dejando para el Señor las sobras.   No vamos a descuidar nuestros trabajos, eso sería dar mal ejemplo, pero debemos saber cuando para, para que la bendición del trabajo no se torne en maldición.

    Este relato del deber del siervo (Lc.17:7-10), junto con el de Marta y María (Lc.10:38-42) y el de la iglesia de Efeso (Ap.2:1-7) nos muestra lo importante que es esto para Jesús.   Así de importante debe ser para nosotros.   En los tres nos es mostrado las obras y las primeras obras.   En los tres podemos ver nuestro diario vivir.   En el deber del siervo podemos ver las obras en nuestros trabajos seculares.   En Marta y María podemos ver los quehaceres en el hogar.   En la iglesia de Efeso podemos ver lo que hacemos en la obra del Señor.    Todos ellos son buenos y necesarios, pero si nos descuidamos, si dejamos que el afán nos atrape, perderemos la mejor parte, la de estar a los pies de Jesús.   El afán es destructivo para la salud física y para la salud espiritual.   El afán nos aleja de estar a los pies de Jesús. 

     Un buen ejemplo de obras y primeras obras o comunión íntima lo encontramos con Pablo y Silas.   Fueron encarcelados en Filipos por predicar el evangelio (Hch.16:19-24).   Notemos que predicar el evangelio es parte de las obras.    El estar sufriendo al ser azotados con varas, puestos en el calabozo de más adentro y los pies en el cepo son también obras. Esto era más que suficiente para estar molestos, quejándose o murmurando.   Muy en especial porque su visita a Filipos fue por una visión que Dios le dio a Pablo (Hch.16:9-10).   Sin embargo, en medio de este cansancio, dolor e incomodidad, aun así ellos decidieron hacer las primeras obras, ministrar al Señor.   Es digno mencionar el verso 25 de Hch.16 el cual lee: Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.    Vemos aquí que era la media noche.    Bastante tarde para algunos de nosotros, pero para Pablo y Silas era un buen tiempo.   No se querían acostar sin antes servirle al Señor hasta que hubiera comido y bebido.   El que los presos los oyeran nos dice que estaban adorando a Dios con buen ánimo.   No era algo forzado, obligado, o por compromiso, sino algo voluntario y con gozo.   ¡Que gran ejemplo el de Pablo y Silas!

    ¿Queremos que Dios nos hable?   Tenemos que servirle hasta que haya comido y bebido. ¿Queremos recibir las manifestaciones de los dones en nuestras vidas?  Tenemos que servirle hasta que él haya comido y bebido.  ¿Queremos que nuestra fe aumente?   Este es el único camino para que nuestra fe aumente, sirviéndole a él hasta que haya comido y bebido.    Si miramos la secuencia del relato del deber del siervo veremos que en Lc.17:3-4 Jesús le dice a los discípulos que deben perdonar al hermano hasta siete veces en un mismo día.    En Lc.17:5-6 encontramos a los discípulos pidiéndole a Jesús que les aumente la fe.   Perdonar a algún hermano una vez o dos en el día es tarea fácil, aunque para algunos se hace un poco difícil, pero siete veces en un mismo día requiere fe, y fe grande.   Entonces debemos comprender a los discípulos cuando le pidieron a Jesús que les aumentara la fe.  La respuesta de Jesús a ese pedido fue la parábola que hemos estado viendo.    Eso nos deja ver que esa es la única forma en que nuestra fe puede ser aumentada, cuando pasamos tiempo a solas con Jesús en ministración.    Mayor conocimiento no nos ayuda, ni la confección de fe, sino el actuar en fe ministrándole a él.

    La Biblia nos dice que la fe viene por oír la palabra de Dios (Ro.10:17), pero el aumentar la fe viene por pasar tiempo a solas con Jesús, las primeras obras.     Tenemos que servirle hasta que él haya comido y bebido. 

Miremos ahora nuestro último punto.

 IV)            El ganado del Amo

Miremos ahora en forma rápida al ganado.   Hemos visto al amo, hemos visto al siervo, pero nos toca ahora mirar al rebaño del Señor.  

    ¿Cómo y con qué se alimenta el rebaño?   Cuando el pastor o maestro de la palabra pasa tiempo a solas con el Amo Jesús, recibe instrucciones específicas de a donde debe llevar al rebaño a pastar.    Es importante que el líder gaste este tiempo con Jesús, pues es la única forma en que podrá recibir dicha dirección.   Ese pastar viene de la palabra de Dios.   Es de esa forma que se obtienen los mensajes, tanto para predicar como para enseñar.   Sin este tiempo a solas solo estaríamos dándole el alimento que a nuestro parecer es el mejor.

    Un criador de caballos de paso fino no puede darse el lujo de darle de comer a los caballos lo primero que se le ocurra.    Hay una dieta balanceada la cual se debe seguir rigurosamente.   Junto con los alimentos bien balanceados están las diferentes vitaminas.  Es de gran importancia que todo este proceso se lleve a acabo con conciencia.   De igual forma es con las ovejas de Jesús.   Es él quien determina el alimento que ellas necesitan.  Nosotros podemos pensar que este o aquel alimento sabe bien o será bien recibido, pero el verdadero alimento es el que proviene de la mano de Jesús, y ese alimento se consigue única y exclusivamente en el tiempo de intimidad con él.

     Hoy en día hay muchas ovejas creciendo raquíticas por falta de alimento sólido.   Los encargados de alimentarlas no están pasando tiempo con el Maestro y el resultado es comida enlatada. 

    El proceso para alimentar al rebaño del Señor es el siguiente.   El pastor lleva al rebaño al lugar de la Palabra que el Amo Jesús le ha indicado.  Esto es cuando el pastor abre la Biblia para darle de comer a las ovejas.   La responsabilidad del siervo es presentarse ante el Amo diariamente para recibir la dirección a tomar en la enseñanza o predicación.  Debemos  recordar que el Amo come diariamente.   Diariamente el siervo debe ir a ministrar a su Amo Jesús.   Diariamente debemos pasar tiempo a solas con Jesús.  La responsabilidad del Amo es dar instrucciones específicas a su siervo.  La responsabilidad del siervo es llevar las ovejas a pastar al lugar donde el Amo Jesús dijo. La responsabilidad de las ovejas es, una vez han llegado al lugar donde van a pastar, comenzar a comer.    Esto nos dice que lo que el pastor hace es introducir las ovejas en el lugar del pasto, o sea el tema o tópico señalado por Jesús para ese día particular.   Es responsabilidad de la oveja comer, en la reunión de la iglesia. Tener sus oídos abiertos y su corazón como tierra fértil para que la palabra de Dios pueda penetrar y hacer la obra.  Todos sus sentidos deben estar alertas recibiendo el alimento de ese día.  Pero es también responsabilidad del hermano, en su casa, continuar comiendo y buscando en la Biblia todo lo referente a ese lugar de pasto o tema.

    Cada hermano debe ser responsable de tomar notas para luego, en su tiempo de intimidad con Jesús, continuar comiendo.   Es en ese tiempo de intimidad con Jesús que el hermano va a recibir el resto de la alimentación de ese día.    Lamentablemente hay muchos hermanos que llegan a la iglesia sin Biblias, sin libretas para hacer anotaciones, sin oídos para oír y con los corazones en pedregales o entre espinos.    ¿Cómo podrán ser transformados por Jesús para una mejor vida?    Ni en sueños.  

    Permítanme concluir con los dos últimos versos de este relato.   El verso 9 dice: ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no.    Hoy en día nos enojamos si alguien no nos saluda, más aun si no nos dan las gracias, pero Jesús hace ver claro que no debemos esperar que él nos de las gracias por las cosas que hacemos.   No debemos esperar las gracias ni de él ni de nadie.   Así de dura es esta palabra.   Es aquí donde muchos se ofenden y llegan incluso al extremo de irse de la iglesia.    Faltan a los servicios como si con eso castigaran al pastor, no dándose cuenta que a quien están castigando, si pudiéramos decirlo así, es al Señor, pues lo estamos privando de poder amarnos.    Si fuéramos más maduros recibiríamos las palabras de Jesús con gozo. 

   Luego Jesús les dice directamente a los discípulos y a nosotros también: Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.    El que Jesús halla dicho “Así también vosotros” nos dice que la parábola es para nosotros y no para el hermano que no vino hoy.   Es para usted y para mí.   Nunca haremos más de lo que se nos ha ordenado.   Por más que tratemos de impresionar a Jesús nunca lo lograremos porque siempre seremos siervos inútiles, pues solo hemos hecho lo que se nos ha ordenado hacer.   

   Permítanme termina en la forma en que Jesús terminó en cada carta enviada a las iglesias en Apocalipsis: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.   Amén.